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Dolarizar,
flotar, callar.
Por Leopoldo Fergusson and Juan Fernando Vargas
Introducción
La "dolarización", entendida de manera amplia como
el abandono de la moneda local y la adopción de
una moneda extranjera (no necesariamente el dólar),
ha despertado entre economistas una discusión en
la cual, entre otras cosas, no parecen sobrevivir
las posiciones moderadas. En efecto, quienes no
se perfilan como defensores férreos o detractores
incorruptibles, desprecian por inútil la discusión.
Uno de sus defensores, el Profesor Rudiger Dornbusch,
acudió a las siguientes enfáticas palabras, pronunciadas
hace más de un siglo por el economista británico
John Stuart Mill, para fijar su posición: "...tanto
salvajismo prevalece, no obstante, en las transacciones
de la mayoría de las naciones civilizadas, que casi
todos los países independientes eligen afirmar su
nacionalidad conservando, para su propio perjuicio
y el de sus vecinos, una moneda propia" (citado
en Dornbusch, 2000). Mientras tanto, Paul Krugman,
detractor frecuente de las ideas prevalecientes
en la ciencia, ha propugnado por que reconozcamos
"el entusiasmo actual por la unificación monetaria
como lo que es: una moda intelectual, y no una cuestión
de fondo" (Krugman, 1999a). Finalmente, Michele
Boldrin ha optado por despreciar la discusión en
una entrevista reciente, asegurando que "una de
las cosas que más [le] molesta cuando se viene a
América Latina es que, desde hace 40 años, por cualquier
razón todos los debates frente al tema del desarrollo
están completamente enfocados en estas chorradas
sobre políticas macroeconómicas (…) Dolarizar o
no dolarizar, tasas de cambio variables o fijas,
políticas contracíclicas o procíclicas (…) ¡Por
favor! Las cuestiones son otras...".
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