Uno generalmente
no habla de cosas que no sabe. O al menos no opina. Mi mamá
siempre me decía: "mija, no se meta en las conversaciones
de los adultos!". Si yo insistía me metía un pellizco.
Y bueno, por las buenas o por las malas, uno se acostumbra a no
meter las narices donde no debe. Pasan los años uno reconoce
que este comportamiento es un principio fundamental de las buenas
costumbres. Hace unos días, tomando té con unas
amigas, charlábamos acerca de la falta de vergüenza
de nuestros dirigentes políticos a la hora de hablar de
economía. ¿Cómo puede uno decir tantas barbaridades
por minuto? ¿Cómo escribir tantas incoherencias
por tamaño de párrafo promedio? Ni idea. No entiendo
por qué la gente siente que sabe de economía, pero
no siente que sabe de física. ¿Por qué la
gente opina del déficit fiscal, pero no de la teoría
de la relatividad general? Igual, ambas cosas nos afectan directamente.
En fin, aunque uno en este tipo de conversaciones casi nunca concluye
nada, algo sí nos quedó claro: una cosa es hablar
sobre lo que no se sabe y reconocerlo, y otra muy diferente es
posar de "experto" y no tener ni idea de lo que se dice. Debe
ser cuestión de educación.
Al igual que
en el caso de las buenas costumbres, en economía existen
principios elementales. El primero de ellos es que los recursos
son escasos. La versión gringa de este axioma es "there
is no free lunch". Una de las cosas que más risa me causa
son las políticas que fallan en reconocer este hecho elemental.
Y abundan! Detengámonos a evaluar por un momento las diversas
propuestas para solucionar el problema del déficit fiscal
colombiano. Una de las más viejas es imprimir dinero para
generar crecimiento, aliviar las presiones sobre el recaudo de
otros impuestos y hacer a todo el mundo feliz. Esta política
se sabe que no funciona desde hace 300 años, cuando David
Hume notó que, como los recursos son escasos, acuñar
dinero sin respaldo en bienes y servicios, tan sólo produce
inflación. Como la gripa, propuestas como la del Partido
Liberal -asesorado por César González, Eduardo Sarmiento
e impulsado por Luis Guillermo Vélez, Camilo Sánchez
y compañía- de un "préstamo de una
sóla vez" del Banco de la República al Gobierno,
nadie puede acabar con ella. Su único argumento es que
los que se oponen son neoliberales y ortodoxos. Tal vez porque
la evidencia al usar cualquier base de datos que se tome es tan
abundante y abrumadora que lo único que les queda es hacer
pataletas. A lo mejor nunca han visto una base de datos.
Una variación
infantil de la misma propuesta, son los insistentes clamores del
Presidente Uribe al Banco de la República por más
devaluación nominal. El periódico El Tiempo de diciembre
3 de 2003 consigna su novedosa teoría: "en el pasado, al
amparo de de que había mucha confianza en el país,
se fue permisivo con la revaluación y terminamos perdiendo
la competitividad, la dinámica del crecimiento y afectando
severamente el empleo". ¡Por Dios! Como diría el
Chapulín: el mismo hijo de tigre pintado, con diferente
guasca. Para inducir una devaluación nominal, el Banco
debe intercambiar pesos por dólares. ¿De dónde
salen los pesos? De la maquinita! Son precisamente políticas
como esta, Señor Presidente, las que acaban con la competitividad,
porque los exportadores en lugar de innovar, de invertir en capital
humano, de reorganizar su empresa, etc. se cruzan de brazos a
ver como la tasa de cambio echa p'arriba. De eso tan bueno no
dan tanto. Es paradójico, encontrar que hasta los mismos
exportadores reconocen esto! El presidente del Consejo de Inexmoda,
Guillermo Valencia, afirma en una entrevista con Portafolio (lunes
19 de enero de 2004) "lo que los empresarios tenemos que hacer
es trabajar en competitividad y no ganar competitividad a punta
de tasa de cambio".
En medio de
la lluvia de ideas de los analfabetas económicos la culpa
de todos los males recae sobre el Banco de la República.
Si algo ha caracterizado al Banco es su impresionante pasividad
a la hora de solucionar los problemas que sí le competen.
No nos digamos mentiras, si el Banco no ha sido capaz, por voluntad
propia, de llevar a cabo tareas sencillas como bajar la inflación
a niveles razonables y dejar flotar la tasa de cambio, no veo
cómo de repente va a convertirse en el motor del crecimiento
de la economía colombiana. Tarea bastante difícil
por cierto.
Otra propuesta
menos ingenua que las anteriores es el uso de la reservas internacionales
para el repago de deuda. Esta idea claramente no es de nuestros
pensadores, es demasiado elaborada. Merecedora de portada en Portafolio,
la idea es la siguiente: las reservas internacionales son de todos
los colombianos y no del Banco de la República; tenemos
23 millardos de dólares en deuda pagando el 14% y 10 millardos
en reservas rindiendo el 2%, ¿por qué no usamos
parte de ellas o la totalidad para repagar semejante deuda tan
costosa? Luis Guillermo Vélez, en un auditorio repleto
de estudiantes de economía en la Universidad de los Andes,
dice, sin avergonzarse, que sus cálculos de las reservas
óptimas son 5 millardos. Cálculos que coinciden
milagrosamente con los que nos presenta César Ferrari Ph.D.,
director de la maestría en economía de la PUJ y
ex gerente del Banco de la Reserva del Perú, en las lecturas
dominicales de El Tiempo del 21 de diciembre de 2003. Álvaro
Montenegro, ex-director del CEDE de la Universidad de los Andes,
escribe en El Tiempo de noviembre 30 de 2003 " que hay 10 mil
millones de dólares disponibles". Para éste último
las reservas óptimas son cero porque Colombia tiene tasa
de cambio flotante y los importadores consiguen los dólares
en la calle.
Vamos por
partes. Primero, todos estos casos son un problema de mala educación.
En el caso de Vélez y sus amigos el problema es la desinformación
y la mala intención en el uso de las cifras. El rendimiento
medio de las reservas, invertidas en activos de muy bajo riesgo,
es 4% aproximadamente. Los intereses promedio de la deuda, un
activo para los inversionistas altamente riesgoso, paga más
o menos 8%. El costo de oportunidad de mantener reservas internacionales
es algo así 4%. Buena parte de ese 8% es riesgo país.
Riesgo que es evidente cuando nuestro Primer Mandatario anuncia
por televisión que es indiferente entre "repagar su obligaciones
y que su pueblo pase hambre". El asunto es que a Vélez
nunca le enseñaron que los activos no sólo difieren
en su rendimiento sino también en su riesgo. En el caso
de Montenegro es mala teoría. Es bastante sencillo demostrar
teóricamente que las reservas son un seguro contra
las consecuencias nefastas de una parada súbita o incluso
un default independientemente del arreglo cambiario. Joshua Aizenmann
y Nancy Marion en el NBER
paper 9154 así
lo demuestran. Ahora bien si no cree en la teoría, pues
pregúntele a los ecuatorianos. Segundo, no se puede analizar
el problema de la "optimalidad" de las reservas sin recordar que
los recursos son escasos. Hay una estrecha relación entre
déficit fiscal, deuda del gobierno y reservas internacionales.
En el balance consolidado del Estado (sumando gobierno y banco
central), para poder mantener una alta deuda se requieren superávtis
primarios y altas reservas. Lo primero lo tenemos, lo segundo
no y lo tercero tampoco. Peor aún, intertemporalmente las
perspectivas no son positivas hacia el futuro. Es claro que nadie
le mostró las cifras fiscales a Stiglitz cuando le preguntaron
acerca del asunto de las reservas. Tercero, las reservas óptimas
son aquellas que maximizan el bienestar de los individuos dadas
las restricciones que impone la economía. El Banco Central,
como agente de los individuos, decide mantener un nivel determinado
de reservas, porque a nivel individual los agentes privados no
reconocen el riesgo de un default. Este hecho es evidente cuando
uno lee o escucha a sus interlocutores en la prensa o en la radio.
Ahora bien, se corre también el riesgo de que el Banco
tenga mucha aversión al riesgo, en cuyo caso las reservas
pueden ser muy altas con respecto a las que la sociedad endógenamente
desea. Cuarto, sin un modelo económico es inútil
debatir este asunto. Cualquier cosa que se diga es una simple
opinión, no una estimación de la interrelación
de todos estos factores mencionados. Esta es una labor de los
economistas de verdad. Hasta la fecha, no he visto ningún
modelo que haga la tarea. Probablemente los tecnócratas
del Banco de la República tengan uno, pero igual, no lo
hemos visto. Finalmente, supongamos que tenemos muchas reservas.
Si uno va a recomprar deuda, uno lo hace en momentos en que la
deuda es barata. Bien, tal parece que nuestros pensadores no se
han tomado el trabajo de mirar los precios de la deuda colombiana.
Para concluir,
lanzo la pregunta que motivó estas líneas: ¿y
dónde están los economistas de las universidades,
los centros de investigación y las entidades públicas?
¿Dónde están sus modelos? ¿Dónde
están las personas que deberían estar liderando
el debate económico? ¿Por qué los temas económicos
se limitan a si tú eres neoliberal o del Polo? ¿Por
qué no pensamos en los verdaderos problemas económicos
del país? Por ejemplo, cómo generar un crecimiento
de la productividad que sea sostenible en el tiempo? ¿Cómo
hacer más eficiente nuestro sistema económico? Finalmente,
como el tiempo suyo y el espacio en esta revista son escasos,
quiero concluir llamando a los economistas profesionales a participar
activamente en la discusión de propuestas para la solución
a nuestros abundantes problemas y, más importante
aún: ¡que nos muestren sus modelos!