¿Y dónde está el economista?
Por: Mónica Galindo
 

Uno generalmente no habla de cosas que no sabe. O al menos no opina. Mi mamá siempre me decía: "mija, no se meta en las conversaciones de los adultos!". Si yo insistía me metía un pellizco. Y bueno, por las buenas o por las malas, uno se acostumbra a no meter las narices donde no debe. Pasan los años uno reconoce que este comportamiento es un principio fundamental de las buenas costumbres. Hace unos días, tomando té con unas amigas, charlábamos acerca de la falta de vergüenza de nuestros dirigentes políticos a la hora de hablar de economía. ¿Cómo puede uno decir tantas barbaridades por minuto? ¿Cómo escribir tantas incoherencias por tamaño de párrafo promedio? Ni idea. No entiendo por qué la gente siente que sabe de economía, pero no siente que sabe de física. ¿Por qué la gente opina del déficit fiscal, pero no de la teoría de la relatividad general? Igual, ambas cosas nos afectan directamente. En fin, aunque uno en este tipo de conversaciones casi nunca concluye nada, algo sí nos quedó claro: una cosa es hablar sobre lo que no se sabe y reconocerlo, y otra muy diferente es posar de "experto" y no tener ni idea de lo que se dice. Debe ser cuestión de educación.

Al igual que en el caso de las buenas costumbres, en economía existen principios elementales. El primero de ellos es que los recursos son escasos. La versión gringa de este axioma es "there is no free lunch". Una de las cosas que más risa me causa son las políticas que fallan en reconocer este hecho elemental. Y abundan! Detengámonos a evaluar por un momento las diversas propuestas para solucionar el problema del déficit fiscal colombiano. Una de las más viejas es imprimir dinero para generar crecimiento, aliviar las presiones sobre el recaudo de otros impuestos y hacer a todo el mundo feliz. Esta política se sabe que no funciona desde hace 300 años, cuando David Hume notó que, como los recursos son escasos, acuñar dinero sin respaldo en bienes y servicios, tan sólo produce inflación. Como la gripa, propuestas como la del Partido Liberal -asesorado por César González, Eduardo Sarmiento e impulsado por  Luis Guillermo Vélez, Camilo Sánchez y compañía-  de un "préstamo de una sóla vez" del Banco de la República al Gobierno, nadie puede acabar con ella. Su único argumento es que los que se oponen son neoliberales y ortodoxos. Tal vez porque la evidencia al usar cualquier base de datos que se tome es tan abundante y abrumadora que lo único que les queda es hacer pataletas. A lo mejor nunca han visto una base de datos.

Una variación infantil de la misma propuesta, son los insistentes clamores del Presidente Uribe al Banco de la República por más devaluación nominal. El periódico El Tiempo de diciembre 3 de 2003 consigna su novedosa teoría: "en el pasado, al amparo de de que había mucha confianza en el país, se fue permisivo con la revaluación y terminamos perdiendo la competitividad, la dinámica del crecimiento y afectando severamente el empleo". ¡Por Dios! Como diría el Chapulín: el mismo hijo de tigre pintado, con diferente guasca. Para inducir una devaluación nominal, el Banco debe intercambiar pesos por dólares. ¿De dónde salen los pesos? De la maquinita! Son precisamente políticas como esta, Señor Presidente, las que acaban con la competitividad, porque los exportadores en lugar de innovar, de invertir en capital humano, de reorganizar su empresa, etc. se cruzan de brazos a ver como la tasa de cambio echa p'arriba. De eso tan bueno no dan tanto. Es paradójico, encontrar que hasta los mismos exportadores reconocen esto! El presidente del Consejo de Inexmoda, Guillermo Valencia, afirma en una entrevista con Portafolio (lunes 19 de enero de 2004) "lo que los empresarios tenemos que hacer es trabajar en competitividad y no ganar competitividad a punta de tasa de cambio".

En medio de la lluvia de ideas de los analfabetas económicos la culpa de todos los males recae sobre el Banco de la República. Si algo ha caracterizado al Banco es su impresionante pasividad a la hora de solucionar los problemas que sí le competen. No nos digamos mentiras, si el Banco no ha sido capaz, por voluntad propia, de llevar a cabo tareas sencillas como bajar la inflación a niveles razonables y dejar flotar la tasa de cambio, no veo cómo de repente va a convertirse en el motor del crecimiento de la economía colombiana. Tarea bastante difícil por cierto.

Otra propuesta menos ingenua que las anteriores es el uso de la reservas internacionales para el repago de deuda. Esta idea claramente no es de nuestros pensadores, es demasiado elaborada. Merecedora de portada en Portafolio, la idea es la siguiente: las reservas internacionales son de todos los colombianos y no del Banco de la República; tenemos 23 millardos de dólares en deuda pagando el 14% y 10 millardos en reservas rindiendo el 2%, ¿por qué no usamos parte de ellas o la totalidad para repagar semejante deuda tan costosa? Luis Guillermo Vélez, en un auditorio repleto de estudiantes de economía en la Universidad de los Andes, dice, sin avergonzarse, que sus cálculos de las reservas óptimas son 5 millardos. Cálculos que coinciden milagrosamente con los que nos presenta César Ferrari Ph.D., director de la maestría en economía de la PUJ y ex gerente del Banco de la Reserva del Perú, en las lecturas dominicales de El Tiempo del 21 de diciembre de 2003. Álvaro Montenegro, ex-director del CEDE de la Universidad de los Andes, escribe en El Tiempo de noviembre 30 de 2003 " que hay 10 mil millones de dólares disponibles". Para éste último las reservas óptimas son cero porque Colombia tiene tasa de cambio flotante y los importadores consiguen los dólares en la calle.

Vamos por partes. Primero, todos estos casos son un problema de mala educación. En el caso de Vélez y sus amigos el problema es la desinformación y la mala intención en el uso de las cifras. El rendimiento medio de las reservas, invertidas en activos de muy bajo riesgo, es 4% aproximadamente. Los intereses promedio de la deuda, un activo para los inversionistas altamente riesgoso, paga más o menos 8%. El costo de oportunidad de mantener reservas internacionales es algo así 4%. Buena parte de ese 8% es riesgo país. Riesgo que es evidente cuando nuestro Primer Mandatario anuncia por televisión que es indiferente entre "repagar su obligaciones y que su pueblo pase hambre". El asunto es que a Vélez nunca le enseñaron que los activos no sólo difieren en su rendimiento sino también en su riesgo. En el caso de Montenegro es mala teoría. Es bastante sencillo demostrar teóricamente que las reservas son un seguro contra las consecuencias nefastas de una parada súbita o incluso un default independientemente del arreglo cambiario. Joshua Aizenmann y Nancy Marion en el NBER paper 9154 así lo demuestran. Ahora bien si no cree en la teoría, pues pregúntele a los ecuatorianos. Segundo, no se puede analizar el problema de la "optimalidad" de las reservas sin recordar que los recursos son escasos. Hay una estrecha relación entre déficit fiscal, deuda del gobierno y reservas internacionales. En el balance consolidado del Estado (sumando gobierno y banco central), para poder mantener una alta deuda se requieren superávtis primarios y altas reservas. Lo primero lo tenemos, lo segundo no y lo tercero tampoco. Peor aún, intertemporalmente las perspectivas no son positivas hacia el futuro. Es claro que nadie le mostró las cifras fiscales a Stiglitz cuando le preguntaron acerca del asunto de las reservas. Tercero, las reservas óptimas son aquellas que maximizan el bienestar de los individuos dadas las restricciones que impone la economía. El Banco Central, como agente de los individuos, decide mantener un nivel determinado de reservas, porque a nivel individual los agentes privados no reconocen el riesgo de un default. Este hecho es evidente cuando uno lee o escucha a sus interlocutores en la prensa o en la radio. Ahora bien, se corre también el riesgo de que el Banco tenga mucha aversión al riesgo, en cuyo caso las reservas pueden ser muy altas con respecto a las que la sociedad endógenamente desea. Cuarto, sin un modelo económico es inútil debatir este asunto. Cualquier cosa que se diga es una simple opinión, no una estimación de la interrelación de todos estos factores mencionados. Esta es una labor de los economistas de verdad. Hasta la fecha, no he visto ningún modelo que haga la tarea. Probablemente los tecnócratas del Banco de la República tengan uno, pero igual, no lo hemos visto. Finalmente, supongamos que tenemos muchas reservas. Si uno va a recomprar deuda, uno lo hace en momentos en que la deuda es barata. Bien, tal parece que nuestros pensadores no se han tomado el trabajo de mirar los precios de la deuda colombiana.

Para concluir, lanzo la pregunta que motivó estas líneas: ¿y dónde están los economistas de las universidades, los centros de investigación y las entidades públicas? ¿Dónde están sus modelos? ¿Dónde están las personas que deberían estar liderando el debate económico? ¿Por qué los temas económicos se limitan a si tú eres neoliberal o del Polo? ¿Por qué no pensamos en los verdaderos problemas económicos del país? Por ejemplo, cómo generar un crecimiento de la productividad que sea sostenible en el tiempo? ¿Cómo hacer más eficiente nuestro sistema económico? Finalmente, como el tiempo suyo y el espacio en esta revista son escasos, quiero concluir llamando a los economistas profesionales a participar activamente en la discusión de propuestas para la solución a nuestros abundantes problemas y,  más importante aún: ¡que nos muestren sus modelos!