Edición No.17 Jul. - Sep. de 2005
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Sobre Héroes y Tumbas
Por: Luis Carlos Valenzuela

Para tratar de prever qué va a pasar en cualquier aspecto que afecte el desarrollo y el bienestar de la sociedad hay que determinar cuál es el agente que produce el cambio. La hipótesis central de este artículo es que, contrario al saber popular, lo que determina el cambio de rumbo de un país es la academia, la teoría, los conceptos, las ideas. Lo no práctico.

Los medios y la política, actores que tradicionalmente se consideran como determinantes en la fijación del rumbo de una nación, es mayor el ruido que hacen al efecto que  tienen. Los medios y la política en realidad crean o destrozan los espacios para que los conceptos teóricos sean introducidos en la institucionalidad. Una función relevante mas nunca determinante. Lo relevante es lo que da dirección. Sólo los conceptos dan dirección.

La percepción de la mayor importancia de los conceptos teóricos  sobre la coyuntura política o mediática, nace en mi caso de dos situaciones.

La primera está asociada  a Maria Mercedes Cuellar quien es una de las personas  con mayor entendimiento de esa cosa etérea que es el Estado. Cuando trabajaba con ella en el Ministerio de Desarrollo  decía que todo ese agite del gobierno: la presentación del presupuesto, los debates del Congreso, las insufribles e interminables reuniones con los gremios, eran cosas que podía manejar cualquier persona independiente de su  capacidad, ideología o conocimiento. "El Estado es un animal paquidérmico con lenta dinámica propia", afirmaba. Todo aquello que tanto hace correr a los funcionarios, nunca dejaría de ocurrir independientemente  que quienes estén ahí, sean esos  juveniles  y agitados funcionarios de turno, o tres miquitos recién traídos del zoológico de Pereira.

Lo único que justifica trabajar para el Estado es mover, en un grado, en un cuarto de grado, la dirección de ese animal paquidérmico. Ese grado, ese cuarto de grado, años después explicará un cambio gigantesco en el destino del país.   

El cambio de rumbo que generaría bienestar, por lo que alcancé a entenderle, no estaba en lo macro. Estaba en la concepción de las instituciones y en su coherencia con la sociedad que éstas buscan enmarcar. Por entre la enredada y brillante cabeza de Maria Mercedes y por la ordenada y agresiva lucidez de Kalmanovitz, iba cobrando espacio todo el institucionalismo de North y de Williamson que acabará por vencer esa mezquina concepción de la  economía que dice haber logrado superar los vínculos de esta ciencia con la filosofía moral. Lastimosamente al superarlos perdió toda su relevancia como generadora de bienestar. 

Fue  María Mercedes  la primera en tener claro, sin odios ni pasiones,  que todo ese práctico ejercicio macroeconómico del Fondo Monetario era necesario pero irrelevante. Necesario como mantener bien trapeados los pisos del Ministerio de Hacienda. Necesario, pero irrelevante.

Lo que terminó confirmándome la relevancia de lo teórico fue mi paso por el Ministerio de Minas  y los innumerables debates que me tocó vivir, cada uno más pobre que el anterior. Al Congreso le encanta eso del control político porqué es como hacer radiecito mañanero o columnitas cocteleras.  Son intuitivos. Como la inquisición.

¿De donde salen entonces esas leyes cuyo cuerpo central es  de una enorme lucidez y cuyo impacto sobre el país es innegable? Simple. De la Academia.

La ley 100 por ejemplo se origina en un artículo de un premio Nóbel de economía,  John Kenneth Arrow, en el cual, con gran simplicidad prueba cómo en la provisión de servicios de salud la oferta, que son los médicos, determina también la demanda (por efecto de la vulnerabilidad e ignorancia de los pacientes) y esto lleva a equilibrios subóptimos desde el punto de vista de la sociedad. Entonces, Arrow se inventa el concepto de las EPS que es un demandante virtual, con menor asimetría de información que un paciente, pero que depende de la satisfacción del paciente para su permanencia.

La genialidad de un Juan Luis Londoño, que explica el que el incremento en pacientes con cobertura en  Colombia en los últimos diez años sea del orden de 20 millones, fue él  haberle dado el espacio a Arrow. Entonces, entre Arrow, Juan Luis y un grupo de congresistas sensatos, no obsesionados con la presencia mediática, movieron ese cuarto de grado que aumentó considerablemente el bienestar de la sociedad. Hicieron futuro.

Para recordarle al Estado que no siga abandonando su función real de garante de derechos fundamentales, vía regulación o vía provisión, para dedicarse a construir elefantes blancos, unos académicos hace muchos años probaron que los activos no valen por su costo de reposición sino por el flujo  de caja que generan, descontado a una tasa asociada a su riesgo.  Por hacer caso omiso de este simple concepto es que cada vez que al Estado le da por meterse en un Carbocol, o en un Urrá, o en un La Miel; o, para ser futuristas, en una represa de Ituango, destruye valor a veinte manos y crea pobreza a veinte más.

No obstante lo anterior, en los últimos 20 años siempre ha estado presente el debate  de cómo un activo puede tener un valor inferior a su costo o a su  valor de reposición. Esta incógnita ha sido siempre para los medios y para el Congreso, la prueba reina del escándalo; de cualquier escándalo. En realidad, de lo que es prueba reina es de la ignorancia, de la pereza y de un desbocado afán de protagonismo.

Pero aún esto que tantos debates violentos e insulsos ha generado, particularmente en el sector energético, poco a poco comienza a cambiar. Los conceptos teóricos priman sobre las personas mediáticas. Se mueven entonces esos grados que nos señalan como será el futuro.

Durante uno de los períodos más tristes conceptualmente que ha tenido la Contraloría, que es el del anterior cuatrenio, esta entidad sacó una circular donde validó el flujo de caja y la relación riesgo retorno para efectos de determinar el valor de un activo. Deben estar orgullosos James Tobin, Merton Miller, William Sharpe y Harry Markowitz, todos ellos premios Nóbel,  de que sus ideas hayan sido avaladas por tan distinguido y sólido  académico, hoy en día rector de la afamada Universidad San Martín. Esta es la forma en que la teoría va penetrando en las mentes más áridas, en los  lugares más recónditos  y nos explica no solo lo que vamos a ver, sino aquellos exabruptos que con suerte dejaremos de ver.

La conceptualización de las leyes 142 y 143 no se gestó ni mucho menos hace diez anos. En realidad fue hace casi 150 años. Sus orígenes reales, en la concepción filosófica, se remontan a ese delirante personaje que era Jeremy Bentham; en la concepción matemática a Cournot, uno de los pioneros de la teoría de juegos y en su componente más económico a Jevons, a Walras, a Marshall y a Pareto,  a quienes la reciente garantía otorgada por la Nación a EPM para la construcción de una hidroeléctrica, probablemente los ha hecho revolcar en sus  tumbas.

Pero el enorme ingenio de estos muy teóricos y muy académicos individuos (en esa época, eso no era tan mal visto), probablemente no hubiera trascendido la amable ciudad de Cambridge, de no ser por los espacios que les fueron creados por personas tales como Hugo Palacios en la estructuración misma de la ley; por Guido Nule, impulsador del proyecto como Ministro de Minas y  por Jaime Ruiz, en ese entonces senador, quien fue uno de sus principales ponentes. Dudo mucho que el Congreso en su conjunto  haya entendido lo que aprobó. Prueba de ello es que lleva diez años tratando de destruirlo.

Por mi parte, felicitaciones a todos. A los de hace 150 años y a los de hace 10. Ellos  fueron capaces de mover la dirección del Estado en muchos  grados. La memoria de la gente es corta y la de los medios es inexistente,  pero hoy es importante recordar que  hace tan solo 15 años el sector eléctrico explicaba el 70% del déficit fiscal colombiano, cifra que prueba la desastrosa focalización del gasto publico que primaba en ese momento. El sector eléctrico era crowding out social en su peor versión. La reducción de la participación del sector eléctrico en el déficit fiscal es la apertura del espacio para gasto realmente público; realmente social; realmente progresivo.


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