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Sobre
el efecto de hojas de balance en Colombia
Por:
José Ignacio López Gaviria
Se dice que los economistas son bastante escépticos,
o si se prefiere, tercos, a la hora de aceptar
que un cierto fenómeno económico pueda ser inequívocamente
bueno. Tal vez sea por esto que se han empeñado
en señalar que siempre detrás de algún beneficio
se esconde, sigilosamente, un costo. Prueba de
lo anterior es la ya acuñada frase de no hay almuerzo
gratis, el concepto mismo de costo de oportunidad
o de la expresión, incomoda de traducir al español,
de trade off. En síntesis, los incrédulos economistas
están siempre solícitos a señalar que una cosa
siempre sucede a costa de otra.
Por tanto, si se hiciera un necio balance de cómo
la disciplina económica sopesa algunos fenómenos
económicos, habría algunos pocos que saldrían
bien librados. Probablemente uno de ellos podría
ser la devaluación. La literatura económica esta
ampliamente dividida sobre el impacto que tiene
la devaluación en el corto plazo, pero a pesar
del disenso, la depreciación de la moneda se ha
visto tradicionalmente como una práctica solución
para ajustar una economía frente a choques externos,
promover las exportaciones y solucionar un eventual
problema de déficit de cuenta corriente. Considerando
que la cotización de una moneda no es otra cosa
que un precio, el argumento clásico de Friedman
es que el ajuste de un solo precio es mucho más
conveniente, frente a la presencia de un choque
externo, que el ajuste de todos los precios de
una economía.
La línea de pensamiento representada en el modelo
de Mundell y Fleming, y conocida como la línea
"ortodoxa", defiende el efecto expansivo que tiene
una devaluación de la moneda. Una depreciación
de la tasa de cambio estimula la demanda por bienes
nacionales, tanto en el mercado internacional
como en el doméstico, lo que se traduce en un
mayor nivel de producto (expenditure switching).
De ser este el caso, es deseable que en un período
de crisis la política económica promueva una devaluación
de la moneda. La recomendación es, en último caso,
simple: devalúe. Muchos hacedores de política
la tienen en su cabeza, y es en muchos casos parte
de la cultura económica de un país . Sin embargo
algunos economistas no han dado su brazo a torcer
en el intento por mostrar que los argumentos,
a la base de dicha conclusión, son equivocados.
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