Bogotalópolis
Por: Adolfo Meisel. Actualizado: 11-20-06
  En una época no muy lejana Antioquia y los departamentos de colonización antioqueña fueron la zona del país con la economía más dinámica. Esa prosperidad se sustentó en el vertiginoso crecimiento de las exportaciones de café entre 1905 y 1950. Medellín era entonces el principal centro industrial de Colombia y era una ciudad que se destacaba por el civismo de sus habitantes.

Pero el éxito económico parece que no es suficiente por si solo para los países, regiones y ciudades que lo disfrutan y se tiende a construir un discurso autojustificado del éxito, del excepcionalismo propio, de por qué razón se aventaja a los demás, a los que se les suelen atribuir rasgos poco atractivos.

En la época de la prosperidad cafetera se forjó el mito paisa, el de un pueblo singularmente dedicado al trabajo, honesto, que contrastaba con los bogotanos, supuestamente anquilosados en una mentalidad virreinal y muy apegada a rancias costumbres. Esto último lo argumentó, por ejemplo, el antioqueño Luis López de Mesa.
En las últimas décadas la distribución espacial de la prosperidad económica en Colombia ha cambiado. Ya el café no es el motor de la economía nacional, ya Medellín no es el principal centro industrial. Ahora, en contraste, el gran polo del crecimiento económico es Bogotá, que se está convirtiendo en una típica megalópolis del Tercer Mundo, rodeada de una periferia empobrecida.

Bogotá ya incluso tiene forjadores de su propio mito, defensores de sus virtudes excepcionales. En efecto, recientemente en su columna de El Espectador, y en varias presentaciones públicas posteriores,  el profesor Salomón Kalmanovitz ha mostrado muchas de las fortalezas de Bogotá: cobertura bruta en educación del 98%, cobertura en agua potable del 94%, índice de necesidades básicas insatisfechas en el 2000 de 13.4%. Todo ello sería fruto, de acuerdo con Kalmanovitz,  de las buenas administraciones  locales y de una ciudadanía que castiga la politiquería.

Adicionalmente, Kalmanovitz contrastó el éxito fiscal de Bogotá con la pereza que él percibe en este campo en Cartagena. ¿Por qué pereza fiscal? Su argumento es que mientras en Cartagena las transferencias del gobierno central son el 56% de los ingresos fiscales locales, en Bogotá las transferencias solo representan el 28.7%.
Por varias razones Kalmanovitz está equivocado. La primera, y más importante razón, es que el porcentaje de transferencias en el total de ingresos del gobierno local no dice nada sobre el esfuerzo fiscal.  Para obtener ese índice es necesario dividir los recaudos locales por el producto interno bruto. Si hacemos ese cálculo, y estandarizamos por la media nacional, obtenemos que en el período 1996-2003 el índice fue de 95 para Cartagena y 107 para Bogotá. Una diferencia a favor de Bogotá, pero no demasiado dramática.

Hay múltiples factores que llevan a pensar que esa  diferencia en esfuerzo fiscal a favor de Bogotá es en realidad mucho menor. Lo primero, es que el producto interno bruto subestima el nivel de prosperidad de Bogotá, tal como lo muestran los recientes cálculos del ingreso territorial en Colombia hechos por el CEGA.
La segunda razón, es que Cartagena tiene una industria mucho más exportadora que la de Bogotá. Mientras que en la primera el 29% de la producción se exporta, en la segunda solo se exporta el 11%. Esto tiene, consecuencias directas en los impuestos locales, ya que de acuerdo a la legislación nacional las exportaciones están exentas del impuesto de industria y comercio, y éste es el impuesto local más dinámico.
La tercera razón, es que los bancos comerciales pagan el impuesto de industria y comercio sobre los préstamos en la ciudad donde se hace el desembolso. Debido a que las grandes empresas cartageneras tramitan sus préstamos grandes directamente en las oficinas centrales de los bancos, aunque los usen en sus plantas de Mamonal, razón por la cual los impuestos se quedan en Bogotá.

Una cuarta razón, es que las grandes cadenas de almacenes hacen la retención del impuesto de industria y comercio en la ciudad donde compran y no donde venden, por ello esa parte de su tributación se queda principalmente en Bogotá, que es  donde está la mayor parte de la industria colombiana.

Por último, hay que señalar que el centralismo en las grandes empresas (públicas y privadas) lleva  a que éstas compren sus insumos en Bogotá (lápices, papel higiénico, computadores, pasajes) y se los envíen a sus sucursales, razón por la cual el impuesto de industria comercio respectivo se paga en la capital.

Es decir, que si mi profesor de economía política hubiera hecho la tarea estaría menos convencido del excepcionalismo de los habitantes de Bogotá, en cuanto a que sus virtudes cívicas, que son muchas, son la única o principal causa del éxito de esa ciudad. Entre otras por que se trata de un fenómeno de larga duración y no de gestación reciente, como lo  muestra el análisis de la geografía económica colombiana de las últimas décadas. En efecto, entre 1960 y 2003 la capital incrementó su participación en en el producto interno bruto nacional del 14% al 22%. No por nada ya algunas personas han empezado a hablar de Bogotalópolis, como una de las manifestaciones más claras del centralismo en Colombia.


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