Edición No.17 Jul. - Sep. de 2005
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El Lado Oscuro de la Fuerza
In Memoriam, Jack Hirshleifer (1925-2005)


Por: Juan Fernando Vargas *


Jack Hirshleifer recibió su doctorado en Economía en 1950 en Harvard. En 1960 se vinculó Departamento de Economía de la UCLA, donde llegó a ser profesor emérito. Fue presidente de la Western Economic Association,  miembro distinguido y Vicepresidente de la American Economic Association y miembro de la Econometric Society. Fue también miembro del consejo editorial del American Economic Review, Journal of Economic Behavior and Organization y Journal of Economic Literature.

Hirshleifer fue pionero en la formalización de teorías de incertidumbre y de información. Su teoría de inversión bajo incertidumbre fue la primera aplicación del concepto de preferencias-estado de Arrow. En 1971 demostró la paradoja de que demasiada información puede de hecho reducir el bienestar. Desde finales de los setenta se ocupó de mostrar las similitudes entre la economía y la biología evolutiva y de cómo el método económico puede ser extendido al análisis de problemas tradicionalmente estudiados por otras ciencias sociales. En particular, su aporte fue instrumental para que los economistas empezaran a tratar lo que él llamó “el lado oscuro de la fuerza”: la teoría de conflictos, que es la parte de su contribución intelectual de la cual se ocupa esta nota.


Como todos los organismos vivos que compiten por medios de subsistencia, los seres humanos pueden satisfacer sus deseos de dos maneras. En primer lugar, pueden utilizar los recursos disponibles en la producción y el intercambio de bienes, obteniendo así un beneficio mayor al de autarquía. Pero una alternativa a la producción y el intercambio es la utilización de los recursos disponibles en el debilitamiento y la destrucción de los rivales. En efecto, no menos frecuente que la cooperación entre individuos de la misma especie es la apropiación de la producción de otros o, lo que es analíticamente equivalente, la amenaza de apropiación. Mientras las dos actividades son enteramente normales en la medida en que ambas procuran beneficio material al individuo que adopte una u otra, a nivel agregado la primera determina ‘el tamaño de la torta’ y la segunda su distribución. En este sentido, tanto la producción y el intercambio como la apropiación deberían ser tema de estudio de la economía. No obstante, a pesar de la naturalidad de la apropiación como actividad económica, los economistas han omitido tradicionalmente su estudio y se han concentrado en el análisis de la producción y del intercambio bajo el supuesto implícito de que éstos ocurren en un entorno pacífico, ajeno a la actividad apropiadora. Esta gran paradoja de la disciplina económica fue notada a finales de los años setenta por Jack Hirshleifer, uno de los economistas contemporáneos más importantes, que murió el pasado 26 de julio.

Hirshleifer especuló sobre el origen de tan grande omisión. La Economía Política de los siglos XVIII y XIX habría adoptado el argumento de Rousseau y Hobbes en el sentido en que una diferencia fundamental entre los humanos y otras especies es la existencia de un conjunto de instituciones políticas que, al definir y proteger derechos de propiedad, evitan un estado primitivo de uso generalizado de la fuerza con fines apropiadores y de defensa. Sin embargo, Hirshleifer considera que ésta es una concepción idealizada de las instituciones humanas que, en la práctica, son suficientemente imperfectas como para no desplazar por completo la realidad biológica subyacente del animal humano. Aún en el marco de la ley, los humanos encuentran un balance entre medios legales e ilegales de obtención de recursos: la producción y el intercambio por un lado; el hurto, el fraude y la extorsión por el otro. En este sentido, el interés intelectual de los economistas se ha centrado en un estado normativo, pero no real, del alcance del Contrato Social, dejando de lado el análisis económico del conflicto, como si éste pudiera separarse del funcionamiento económico.

Desde luego, la ausencia de conflicto está lejos de ser la condición normal de funcionamiento de las sociedades. Aún sin contar los conflictos armados, cuya incidencia ha aumentado desde el final de la Guerra Fría, las dinámicas sociales están enmarcadas en conflictos: económicos, políticos, de intereses. En esta visión amplia, conflicto es más que ausencia de cooperación; conflicto es, según Hirshleifer, recurrir a una tecnología especial en la que se incurre en costos con el objetivo de debilitar o acabar con los adversarios. Una tecnología de apropiación qué, a pesar de ser diferente a la tecnología de producción tradicional, tiene la misma relevancia para el análisis económico: cómo los ‘inputs’ de uso de la violencia generan un ‘output’ en forma de victoria o derrota o, más generalmente, de éxito relativo para las partes involucradas. Así, el concepto se refiere no sólo a la guerra pero también a manifestaciones sociales tan comunes (y determinantes para la asignación de recursos) como las huelgas, las demandas judiciales, las rivalidades familiares o la política redistributiva. Mas aún, la aparente ausencia de conflicto en ciertas estructuras sociales no implica su omisión como categoría de análisis, pues cualquier transacción ocurre ‘bajo la sombra de conflicto’. El incentivo último de cumplimiento de los compromisos contractuales es el uso de la fuerza, bien sea por parte de la parte afectada o por parte del Estado si éste último ejerce su monopolio efectivo. Los individuos acceden a los deseos de los demás por temor a las consecuencias de no hacerlo.

Así, para Hirshleifer la teoría del intercambio y la teoría del conflicto son dos ramas del análisis económico equiparables en importancia: la primera basada en los contratos y la ventaja mutua, la segunda en la fuerza y la ventaja propia.

Pero Jack Hirshleifer fue mucho más allá de la argumentación en favor de la incorporación del conflicto en la teoría económica: fue el primero en hacerlo. Más que sugerir una teoría específica, Hirshleifer creó el esqueleto general para pensar en el problema y lo incorporó a la teoría neoclásica. Su paradigma, que agrega a la función de producción y la restricción de recursos tradicionales una función de contienda o mejor, una tecnología de conflicto que determina el éxito relativo de los competidores y por lo tanto la forma como se distribuye el ingreso, labró el terreno para los aportes posteriores de economistas como Herschel Grossman, Michelle Garfinkel y Stergios Skaperdas.

Las contribuciones de Hirshleifer que se derivan de la incorporación de este “lado oscuro de la fuerza” en el análisis de la interacción estratégica de individuos incluyen resultados que van en contravía de la sabiduría convencional de los economistas. Por ejemplo, no es cierto que una mayor complementariedad productiva implique necesariamente mayor cooperación (o, en términos de Hisrhleifer, más recursos para producir y menos para apropiar). En efecto, existe una fuerza que va en sentido contrario: una mayor complementariedad aumenta ‘el tamaño de la torta’ haciendo más rentable la actividad apropiadora. Cada agente tiene ahora más que ganar por dedicar una mayor parte de sus recursos al conflicto o, dicho de otra manera, tiene más que perder por no hacerlo. Una implicación de esto es que la afirmación recurrente de que la creciente interdependencia económica y política de las naciones está haciendo de la guerra algo obsoleto es, por decir lo menos, incompleta y optimista. De hecho, Hirshleifer cuenta cómo en los años inmediatamente anteriores a la I Guerra Mundial varios escritores europeos coincidían en afirmar que se había llegado al fin de las guerras.

Otro gran resultado de Hirshleifer es la llamada “Paradoja del Poder”, que emerge cuando la posición ventajosa de un competidor en términos de sus recursos disponibles no se traduce en un resultado proporcional a su favor en términos de beneficio obtenido. En efecto, ¿qué pasaría si una de las partes en conflicto recibe una cantidad exógena de recursos suficiente para romper el balance de fuerzas obteniendo una ventaja considerable sobre la otra? La respuesta parece evidente: en vista de su desventaja estratégica y anticipando una dinámica del tipo el fuerte se volverá más fuerte y el débil más débil hasta que eventualmente desaparezca, o sea derrotado, el débil renuncia al conflicto y se somete destinando todos sus recursos a la producción. En realidad, podría pasar todo lo contrario. El fuerte destinará sus recursos adicionales tanto a una mayor producción (para aumentar el tamaño de la torta) como a un mayor conflicto (para mejorar su posición estratégica). Ambas actividades le generan al débil un incentivo para aumentar la porción de sus recursos destinada al conflicto: en el primer caso, porque aumenta el producto marginal de la apropiación y en el segundo, para quedar al menos en la misma posición estratégica de antes y mantener su mismo nivel de ingreso. Es decir, la ventaja comparativa del débil es el conflicto y no la producción o, puesto de otra forma, el lado débil está generalmente más motivado a invertir más en el esfuerzo bélico de forma que el conflicto puede a la postre ser un proceso igualador del ingreso. Hirshleifer ilustra su “Paradoja del Poder”, entre otros ejemplos, utilizándola como hipótesis de por qué existe redistribución de la riqueza, cuando la proporción de la población que está sobre la mediana de riqueza tiene con seguridad más poder que la población restante. Otro ejemplo plausible: piense el lector colombiano en el Plan Colombia y el Plan Patriota. El gobierno colombiano recibe en promedio 700 millones de dólares al año de ayuda militar y de desarrollo productivo regional desde 1999. Hasta la invasión de Irak en 2003, Colombia fue el tercer país receptor de ayuda militar de Estados Unidos. A pesar de ello, no creo que sea descabellado afirmar que la balanza de la confrontación se ha inclinado en favor del gobierno mucho menos que proporcionalmente (si lo ha hecho en absoluto).

La teoría de conflicto no es un acólito del análisis económico tradicional ni terreno usurpado de la ciencia política. Tampoco en una agregación de temas comunes como la guerra, el crimen, los litigios legales y las huelgas. Mucho más que ello, Hirshleifer anota que la microeconomía debería tener dos ramas principales: una, la tradicional, dedicada al estudio de la ventaja mutua por medio del intercambio; la otra, naciente, dedicada al estudio de la ventaja propia por medio del conflicto. Esta ‘microeconomía ampliada’, además, es potencialmente integradora de todas las ciencias sociales. La competencia política y electoral que estudia la ciencia política; la lucha por recursos y las estrategias de emparejamiento animal estudiadas por la biología y la antropología; el crimen y el capital social estudiado por la sociología son, bajo esta visión, temas que caben en la órbita del análisis económico y que no deberían ser ajenos a él. Más aún, las categorías analíticas de la economía (escasez, competencia, costos, oportunidades, equilibrio, etc.) constituyen la gramática universal para describir todos los procesos sociales.

En conclusión, para Jack Hirshleifer ¡sólo habría una ciencia social! Y los beneficios de esta concepción ecléctica son no sólo para los científicos sociales que adopten el arsenal analítico de los economistas sino para los economistas capaces de recoger las lecciones de otras ciencias sociales sobre la naturaleza del hombre y sus interacciones sociales.


Enlaces de interés

Entrevista con Webpondo (2003)

Sobre Jack Hirshleifer por David K Levine

Memories of Jack por David K. Levine

Pagina personal en la Universidad de California en Los Angeles

* Departamento de Economía, Royal Holloway College, University of London. E-mail: j.f.vargas@rhul.ac.uk

 



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